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Luz postuma

Diferentes luces fatuas se manifestaron en la oscuridad, comenzaron a moverse sin rumbo

hasta que se expandieron dejándome ver lo que me rodeaba. No entendía por que estaba

fuera de mi ataúd, mi mente estaba ocupada por las imágenes de mis últimas horas de vida

antes de que la Parca me llevase con ella.

Minutos mas tarde, se alzaron más alto atravesando la madera, ya no había oscuridad, mis

ojos se llenaron de brillo y confusión al ver que lo que veía era el cementerio donde me

habían enterrado.

- ¿Qué hago aquí? Me preguntaba.

Decidí recorrer cada rincón, pero no escuchaba mis pasos, bajé la mirada y me di cuenta de

que no tenía piernas, subí la mirada, tampoco tenía el resto del cuerpo, ¿Era un

fantasma?

Mi desesperación aumentó, pero en lugar de lamentarme de mi nuevo estado, me dirigí con

premura al encuentro de alguno de mis familiares para encontrar entre ambos alguna

solución a mi problema.

Al llegar a la entrada de la que fuese mi hogar, presione el timbre del marco de la puerta, pero

lo atravesé y con brusquedad acabé en el interior de mi casa. Unos seguían mostrando su

luto, otros en silencio no paraban de caminar de un lado hacia el otro, la situación me

causaba malestar, se alargó durante algunas horas, el reloj de péndulo marco la media

noche, de repente el silencio fue interrumpido por el sonido rítmico de golpes impactando en la puerta.

-Hola, Buenas noches soy el señor Feshill, el encargado de leer a los familiares del fallecido,

el testamento que dejó escrito antes de morir.

-Hola, buenas noches, señor Feshill, pase.

Mi incertidumbre fue en aumento, mi objetivo se había borrado de mi cabeza, me quedé

quieto observando las reacciones de mis seres queridos al escuchar al albacea. Poco tiempo

después, finalizo la lectura del testamento, el silencio unido a las miradas entre ellos, se hizo

notorio, no duró mucho, se rompió por la felicidad de unos y los sollozos de otros.

De repente todo lo que había imaginado, desapareció igual que el aire, la alegría que sentía

se marchitó, y el mundo en el que creía haber vivido era un espejismo. Observé las

reacciones inesperadas y comprendí que las alegrías y sollozos de mi sepelio eran porque

estaba muerto.

El temor, el odio y el miedo son la soga que nos impide ser libres.

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