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Capítulo II

Construyendo despertar

 

Los rayos del sol comenzaron a alzarse detrás de las colinas cercanas, despertando a todas las personas que habitaban todo el complejo real, más tarde, al terminar

de alistarse, en lugar de iniciar su primera clase de combate, ordeno a uno de los guardias que le acompañaba a donde él iba, que se fuera al establo donde

descansaba su caballo y que lo preparase, pues quería irse a cabalgar por los terrenos que poseía. La cabalgata duro hasta el atardecer, en el camino de regreso a la

fortaleza, paso por el lago más grandes que se encontraba en los alrededores, allí vio a lo lejos a la joven dama Bertrada.

Ella estaba apoyada a los pies de un sauce llorón leyendo un libro, por estar demasiado centrada, no se percato de que estaba siendo observada por Hugo I.

-¿Quién es usted?-Le pregunta a él.

-¿Cómo?¿No sabe quién soy?- Le pregunta sorprendido?

 

-No-Le responde a él.

 

La respuesta que le ha dado, aunque indignante, por ser quien es, no le desagrado.

 

-Soy el rey de estas tierras-

 

La respuesta que le dio a ella, la avergonzaba de tal manera, que rápidamente se genuflexióno.

 

-Levántese-Le ordenó el rey a ella.

 

-Sí, mi rey-Le responde.

 

-¿Qué hace aquí sola?-Le pregunta.

 

-Mis padres están trabajando en el campo, a mí no me gusta mancharme las manos-

 

-¿Qué lees?-Le pregunta él con intriga.

 

-El cantar de Gesta-Le respondió ella.

 

-En mi castillo tengo una extensa biblioteca, allí encontraras todos los libros que quieras leer-

 

Su respuesta le gusto tanto, que dio un salto, se incorporo del suelo, cogió la mano de Hugo y lo arrastro hasta el interior de su castillo. Al llegar allí, Bertrada no

se podía creer lo que estaba viendo, la elegancia que albergaba su interior, era algo que nunca imagino que vería algún día.

 

-¿Todo esto es tuyo?-Le pregunto Bertrada curiosa.

 

-Si-Le contesto a él.

 

-Serás feliz con todo esto-Dio por hecho ella.

 

-No todo lo que se ve, es lo real-Le respondió él.

 

Al escuchar esas palabras, la sonrisa que le provocaba toda la belleza que veía, se le había borrado. No era quien ella creía. A partir de ese momento, Bertrada no

quiso salir de allí ni que ese momento se quedara solo en eso. Por eso decidió seguir intentando conocerle aún mucho más.

Los años pasaron, ella seguía viviendo en el campo con sus padres, el rey seguía con sus obligaciones, pero esas cosas no le hacían olvidarse de Bertrada. Cada día

se escabullía de su palacio para ir a verla.

Una noche en la que en los terrenos de Hugo I, él y su ejército combatían contra uno de los ejércitos de los reinos enemigos, el rey cae herido en batalla, nadie se

percata de ello, ni siquiera cuando el enfrentamiento dio por finalizado teniendo como resultado el triunfo del ejercito de Hugo I. Todos los soldados que pudieron

sobrevivir, se marcharon de regreso a la protección del castillo, menos su rey, que había desaparecido en combate.

Pasaron 3 semanas sin noticias, el castillo estuvo de luto porque todo los miembros del castillo, dieron por muerto a su rey. Los habitantes de los pueblos

colindantes no paraban de hablar sobre ello, cada uno creía que le había pasado cosas diferentes, incluso que había traicionado a su pueblo.

A todas horas la custodia de su majestad hacia registros por todos los hogares pero no encontraban ningún rastro de él.

Después de haber pasado muchas horas de rastreo, los guardias se dispusieron a reanudar su marcha, al hacerlo, una pueblerina que estaba escondida de ellos,

sale de detrás de un puesto de alimentos, se acerca ellos e intenta lanzarle las verduras expuestas en las carretas de los tenderos al tiempo que les gritas

improperios. Aquella mujer no fue la única, pues después de que empezase con la agresión, sus vecinos y vecinas hicieron lo mismo.

-´´Deténgalos a todos´´-Les dice el comandante de los guardias.

Uno tras otro fueron detenidos y llevados a los calabozos acusados de desobediencia pero no consiguieron dar con el paradero de su rey. El anochecer comenzaba

a aparecer detrás de las montañas rocosas, los pueblerinos despejaron de las calles para meterse dentro de sus hogares.

Los pasos de los soldados se iban haciendo cada vez más débiles a medida que se alejaban hasta dejar solo, el tic tac del reloj principal situado al lado de un

puesto de ventas de gallinas. Tras la marcha de los guardias, los pueblerinos volvieron a tomar las calles, en cada uno de ellos la preocupación por lo que el coronel

era capaz de hacerles para poder encontrar a su sire.

-Recuerda algo de lo que le ha pasado?-

-No todo, solo recuerdo un mangual aproximándose a mí y luego haberme despertado solo-

La respuesta que le había dado, no lo convenció, pues cuando se había realizado la búsqueda, no lo vio por ninguna parte.

Cuando hubo terminado de dejar sus armas en el estante, se fue hacia el interior de su fortaleza con la armadura aun puesta. Al segundo paso dentro, desde el

fondo del pasillo se aproximaba a él el tesorero real.

-Señor siento interrumpirle pero debe saber que vuestros aliados ya no aportaran más dinero para protegerlo-

Al oír eso, el rey inspiro profundamente sin decir nada ni mostrar gesto alguno.

-¿A qué se debe ese cambio?-

-Hay rumores sobre su desaparición, hay quienes creen que no desapareció, sino que simplemente decidió alejarse de sus responsabilidades porque siente miedo

de quienes quieren verme muerto-

El rey Hugo volvió a inspirar profundamente pero con gesto de rabia.

-´´Hemos terminado´´-

-Majestad-

Cuando el tesorero se fue, sin perder tiempo se encamino hacia la taberna situada en el interior del pueblo, donde el personal de seguridad pasaba el tiempo

después de trabajar junto a varios de los pueblerinos.

Un crujido dañino le dio la entrada, el tabernero y sus clientes se quedaron sin palabras al ver quién era el nuevo visitante.

-´´Guardias prepárense´´-Ordeno su sire.

A toda prisa todos  los miembros de la guardia que se encontraban allí, se prepararon para lo que creían que sería una guerra.

-A partir de ahora nadie hará nada de lo que debe hacer sin mi conocimiento-

Aquella orden desconcertó a todos.

Cada uno de los guardias salieron de allí en silencio.

-Señores, siento la interrupción, aquí me despido-Les dijo a todos antes de marcharse de allí.

Por el camino, el sargento mayor se acercó a su rey intrigado por saber el motivo por el cual él entro a un lugar como aquel, solo, sin protección alguna.

-Sire, disculpe mi osadía pero ¿A qué se debe tanta prisa?- Le pregunta curioso.

´´A partir de este momento, usted y sus hombres se dedicaran a castigar a todas personas que calumnien mi nombre y cuestionen mi posición´´

-Como ordene sire-Respondió su general.

Junto a la guardia, el rey Hugo I, regreso al castillo para seguir informándose sobre todo lo que ha pasado en su ausencia. Al llegar a su trono, antes de sentarse en

la silla que tiempo atrás había sido la de su padre, se quedo pocos segundos observando la silla que estaba al lado de la suya pensando en su madre, en qué haría

ella en un lugar si siguiera viva y en la posibilidad de que sea ella la que se sentase en la silla que había pertenecido a su madre.

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