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Capítulo I

Sol Rojo

El invierno nació con fuerza, copos de nieve descendían por los rocosos muros de las serranías bañando finalmente la tierra polvorienta que cubre todo lo que

toca, allí, cerca del manantial convivía une espectro que no era hombre ni animal, ser rumoreaba que secuestraba a todo ser viviente que se acercaba a él. Al

ponerse el sol, la arboleda pedía venganza hacia cada ser con corazón puro, vivía en una cueva desconocida por el ser humano.

En sus murallas ahuecadas y erosionadas, escribía palabras con sangre que llevaban consigo el sufrimiento que le llevo a cometer tales atrocidades y a despreciar

la vida de aquellas personas que lo convirtieron en lo que es. El cielo comenzó a oscurecerse, en la mas oscura soledad, sus oídos rememoraban los lamentos de

las víctimas al quitarles su último aliento, a la vez que realizaba rituales marcando su figura con las entrañas que arrancaba sin compasión ni compunción de cada

uno de los huesos de los cuerpos, finalizando con la toma de los fluidos de los restos aumentando así, el frenesí por las sangre humana.

La mayoría de sus innumerables cacerías se basaban solo en los niños por la rabia. Al principio solo sentía odio hacia ellos, año tras año ese sentimiento fue

creciendo hasta que se convirtió en repugnancia hacías sus propias vidas.

En su mente solo se mostraban figuras amorfas, ninguna era clara, emitían risas que durante el día, había escuchado en la lejanía. En los días siguientes

continuaba con aquellos estridentes ruidos, no se alimentaba, gritaba implorando que cesasen.

El estado lamentable en el que se encontraba lo mantenía tumbado en el suelo, cascadas de saliva saliendo de su boca y con lagrimas en sus grandes, durante

semanas no se alimentaba, solo gemía repetidamente, tras mes y medio de sufrimiento su llanto desapareció dejándole los globos oculares secos y con la

garganta rasgada. La criatura parecía haberse recuperado pero seguía sin comer ni beber, se pasaba horas observando las imágenes que había ilustrado en las

murallas, era tal la atención prestada que su visión comenzó a moverlas formando una sucesión de momentos creando entre sí una vida que no lograba entender,

en mitad de cada momento una de las escenas se transformaban en sombras tenebrosas que le atacaban descontroladamente, poco a poco decidió intentar

reincorporarse pero no podía, su cuerpo no le respondía, solo podía sentir los cambios ambientales que sucedían a su alrededor.

En el inicio del anochecer sus débiles oídos captaron sonidos irregulares que a su entender, iban aumentando y acercándose a su hogar. Los sonidos se silenciaron

medida que se iban acercando a la entrada, el ser desde el áspero suelo movía los ojos en todas las direcciones intentando ver quien se encontraba en su hogar,

pero no lograba ver nada, horas después de no poder moverse, la bestia levanto una de sus zarpas lentamente, pozo la palma en el suelo, la presionó logrando así

alzar su pesado cuerpo, cuando estuvo ya en pie salió de la cueva para cazar, no tenía otra cosa en mente más que quitarle la vida a su presa.

En el interior del pueblo, todo transcurría con normalidad, las familias convivían en armonía, los niños eran felices en sus mundos imaginativos sin preocupaciones

de ningún tipo, los adultos trabajaban de sol a sol cuidando a los animales con los que vivían y a los animales que utilizaban para rastrear, pasear y cazar lo que

comían cada día. Cada mañana, en las inmediaciones del pueblo, aparecían numerosas pisadas que se borraban inmediatamente sin que nadie se pueda percatar

de ello.


Los conflictos que tenían que afrontar cada las personas que convivían allí, se limitaban a saber cuánto cazar y cuantas provisiones almacenar en cada estación

del año, desde el nacimiento del poblado, surgieron diferentes cambios que llevaron al estado de prosperidad que se encontraba actualmente, cada miembro

de todas los hogares que eran menores de edad afrontaban el día a día sin preocupaciones ni miedo alguno.


El invierno comenzaba a despedirse, las placas de hielo disminuían, los ríos, charcos, cascadas se movilizaban poco a poco, la fauna comenzaba a salir de la

cálida protección, que les proporciona sus hogares. Las labores de cada miembro del poblado, se iniciaron con energía y buen ritmo, las chimeneas de los hogares

iniciaron la expulsión de la humareda saliente de la preparación de las comidas que se preparaban en cada casa.


Los rayos solares mañaneros, impactaban en los rostros de quienes lo acompañaban, todo transcurría con normalidad, la rutina cotidiana daba sus primeros pasos

hacia un comienzo estacional. Los habitantes más jóvenes, mientras que sus madres se encargaban de las cosas del hogar y sus padres se encargaban de llegar a

sus casas con provisiones, solo se preocupaban de divertirse todo lo que pudiesen en cada momento, de ir a las clases que impartía un profesor en su granero que

lo utilizaba como aula de enseñanza.


La vida de los jóvenes no tenía problemas aparentes excepto para la pequeña de 6 años llamada Kena, era diferente al resto de habitantes, su personalidad no era

aceptada por las demás personas de su edad, no le gustaba acercarse a la gente pero la gente intentaba acercarse a ella, Kena era la única que no tenía familia,

nadie sabía cuál era su origen, el único dato que conocían era que al mismo tiempo que el primer habitante de una de las tribus cercanas a lo que hoy era su

hogar, decidiera crear un pueblo, Ken estuvo atada en ese pueblo. La convivencia se basaba en una en una serie de normas que se votaba en conjunto en la

asamblea convocada por un ministro, cuya labor consistía en hacer cumplir las normas anteriormente votadas en conjunto.


Ella no era diferente al resto pero no encajaba por su personalidad, no entendía el motivo del rechazo hacia ella, a pesar del comportamiento de quienes la

rodeaban, desde que tenía uso de razón solo entendía los susurros y habladurías causadas por las personas que pasaban a su lado pues aun así tampoco lo

entendía porque lo que oía no tenía nada que ver con ella. El pequeño mundo al que ella aspiraba le resultaba lejano, solo encontraba apoyo en una sombra que

habitaba sus sueños y pesadillas, a incertidumbre de no saber la identidad de su apoyo no le quitaba el sueño, le servía como escudo en días y noches en las que

la tristeza intentaba controlarla.
 

Hola Kena ¿Qué haces aquí sola?¿Porque no estas con tus amigos?-Le pregunto Masey a Kena, con cierta pena?

No tengo ganas de estar al lado de nadie- Le responde ella-

Después de oír su respuesta, Masey se alejó de ella y se fue a reunirse con sus amigos.

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