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Capítulo IV

Complicidad Ciega

No sabía cuando acabaría su sufrimiento, suplicaba a su existir que terminara con su vida, cada madrugada paseaba por el hospital experimentando el dolor de

cada paciente, no sabía porque pero el hacerlo era lo que le durante el día, le aliviaba el dolor por la pérdida que había sufrido, su método para olvidarlo llego junto

con la nocturnidad. Durante el cuarto viaje del cesto mes de camino hacia el hospital, en su memoria nubes de imágenes de su pasado y presente se hacían

presente a la vez chocándose entre sí.

Aquel bullicio le provocaba ríos de lágrimas cargadas con la amargura con la que cargaba su alma aún herida. Fruto de lo que le había pasado la noche anterior, no

conciliaba descanso dando lugar a un insomnio que era acompañado por la imagen de uno de sus vecinos, no era como los demás, tan diferente pero a la vez tan

parecido a quienes acostumbraba a tener a su lado, su apariencia no la alejaba sino que la empujaba a desear acercarse a él de manera inquietante.

Su mente se encontraba en aquel momento, en una encrucijada por su indecisión por no saber qué hacer, a partir de aquella inesperada reacción ella se mostraba

intranquila cada mañana, no dejaba de pensar en lo ocurrido y en lo que podía hace para volver a encontrarse con aquella persona que no le borraba la sonrisa de

su rostro con solo recordar su silueta.

Mirase al paciente que mirase solo veía el rostro del que había sido su primer amor, aquellas  voces lamentándose de sus desdichas le hacían entrar en un estado

de insatisfacción existencial. Al empezar su andadura para marcharse de aquel lugar, comenzó a notar que algo la seguía en silencio.

Continuaba su camino sin dejar de mirar de reojo hacia atrás, llegando a la protección de una luz brillante fruto de una vela situada en una de las ventanas

pertenecientes a una de las casas colindantes de la calle. Se detuvo en seco, giró la cabeza lentamente en dirección a su espalda pero no había a nadie hasta que

se volvió y se sobresaltó al ver a un hombre joven que tenía rasgos semejantes al que había perdido, al instante en su interior se inició la inquietud de saber si él

era la luz que necesitaba su vida.

Ambos se miraron, él porque nunca había visto ninguna mujer con tanta belleza y ella porque la presencia de ese hombre la inquietaba. A los pocos segundos,

Coraline lo rodeo buscando una ruta de salida rápida, sin pensarlo comenzó a andar acelerando el paso dejándolo a él solo en medio de la ruta en el que se habían

encontrado.

Las calles comenzaron a llenarse cada vez más de gente, a los pocos minutos, alrededor de él se formo un gran bullicio que lo agobiaba, por ello, se alejo de allí a

paso ligero. Cuando pudo dejar de oírlos, dejo de acelerar su caminar, sin darse cuenta dejo de moverse entrando en un nudo de confusión al ver a su alrededor.

El paisaje que tenía frente a él, le transportaba a un tiempo en el que un simple error que parecía el final de su vida, tenia fácil solución. El aroma suave de las

esporas dispersadas por la flora que rodeaba su casa y las residencias colindantes, le recordaba los momentos en los que aunque a él inicialmente no le gustaba

hacer, paseaba largos terrenos con su familia, haciendo que por su capacidad cognitiva almacenase, pudiese recordar todo lo que veía y todo los olores que su

olfato captaba.

Tras el regreso a la realidad, Reinsel se tumbo en la parte del terreno que tenía menos desnivel, el tacto del césped, le recordó la suavidad con la que su madre le

abrazaba cuando él pasaba por momentos malos, la sensación que le producía le dibujaba una sonrisa en su boca, la comodidad en la cual se hallaba, era la que

durante mucho tiempo, no tuvo ni siquiera cuando estaba en el transcurso de intentar tener una vida propia, olvidando lo que su familia le había hecho. Tras horas

de inmensa calma, el agotamiento físico y mental le causado por el hecho de mantener su cuerpo inmóvil le provoco un nivel de cansancio tal que le había quitado

las ganas hasta de centrarse en sus recuerdos.

Los innumerables recuerdos de su pasado por los cuales a pesar de intentar vivir el presente seguían atemorizándole, él creía que regresando al lugar donde

nacieron sus ganas de cambiar lo que pensaba que iba a ser su posible vida, podría cambiarlo utilizando todos los momentos que había experimentado

anteriormente. Una vez se hubo reincorporado del suelo, prosiguió su recorrido por los demás espacios que la vista le ofrecía.

Su rostro se quedo inerte ante su realidad, después de tanto andar sus oídos captaron el ritmo de pequeñas rocas acercándose a él, por ello, al posar su mirada en

ellas, se dio cuenta de que transportaban trozos de papel arrugados y dañados por el tiempo, parte de su curiosidad hizo que tomase la decisión de encorvar su

cuerpo para coger cada papel. El contenido de cada una de ellas no tenía significado puesto que resultaba ilegible pero aun así los dejo a buen recaudo en la

oscuridad de uno de los bolsillos situados en la parte trasera de su manchado pantalón.

El tiempo pasaba sin parar, al no conseguir más que cansancio y eterno silencio tomo dirección al que era su antiguo hogar. Tras su largo trayecto llego a la puerta

de su casa, pero no decidió tocarla porque aunque quería estar en su interior, un sentimiento aun más fuerte que esas ganas, le impedía lograrlo.

El inesperado resultado conseguido lo forzó a dar marcha atrás para alejarse del lugar. El regreso no fue fácil para Einsel, lo que pensaba que iba a producirle

muchas alegrías, solo le aportaba los temores que alguna vez estuvieron olvidados.

A pesar de estar rodeado de vida, se sentía solo, pues su marcha al exilio, sus amplios conocimientos adquiridos durante el periodo de estudios en otro país y el

cumulo de vivencias, no fueron suficientes para llenar el hueco que crecía en su corazón puesto que solo una persona podría hacerlo. No sabía quién ni cómo pero

deseaba encontrar a quién podría lograr el propósito que con fervor él necesitaba, las horas transcurrían, su energía iniciaba el desgaste muscular y el descenso del

movimiento de sus piernas.

Con el murmullo de las hojas de los arboles, la energía llego a su fin doblando sus piernas dejándolo postrado en el pedernal suelo, al levantar la mirada de sus

doloridas rodillas, observo que delante de él se alzaba la entrada de un viejo edificio con un cartel colocado en el marco superior que daba la bienvenida.

Orfanato Sor Mofry

Risas, pasos acelerados y voces firmes, se podían oír desde el interior, uno de los sonidos que escuchaba, pronuncio su nombre unido a varias palabras que lo

utilizaban como ejemplo. Su inminente curiosidad, lo empujo a intentar abrir la puerta al mismo tiempo que sin saberlo, una de las personas que se encontraban

dentro iba a abrir la puerta desde dentro.

-¿Quién es usted?-

-¿Hermana Meghin?-

 

Aquella monja se quedo sorprendida al oír su nombre en boca de Heinsel.

-Soy yo, Heinsel, el mismo que intentaba que sus alumnos hicieran travesuras-

Sin decir nada, la monja se abalanzo hacia él con los brazos abiertos en señal de alegría por haberse acordado de él.

Ambos se fundieron en un duradero abrazo que duro varios minutos, al separarse, ella le cogió una mano y lo encamino hacia en dentro para empezar una

conversación que pretendía ser agradable y cómoda para ambos. Cada espacio se presento amplio lleno de niños y niñas de todas las edades correteando y riendo

sin parar.

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