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Capítulo 3

Lagrimas huecas

Comenzó otra mañana de tantas otras, solo que esa vez una borrasca fría azotaba el tejado, Coraline se despertó con la cara seca y con el pelo alborotado, luego

cogió su bata, se la coloco en su hombro derecho y se dirigió a la primera planta para desayunar. A pesar de que ella abrió los ojos en un nuevo amanecer, el

interior de la joven de triste belleza, aun lloraba la muerte del hombre que una vez había visto y que la había enamorado.

Desganada, un pie rimero luego el otro, paso a paso camino por el pasillo hasta llegar al borde del primer escalón, pero no siguió pues aquella vista descendente

que le ofrecía el momento, le tocaba el alma como un golpe directo a su sensibilidad. El estado en el que se encontraba se vio interrumpido por el movimiento

involuntario de los dedos de uno de sus pies, debido a eso pudo bajar la escalera hasta llegar a la cocina.

Estando en la cocina, se preparo su fiel e inseparable compañero (el café). Habían pasado varios meses de lo sucedido, su vida se había transformado en una rutina,

en medio del tiempo en el que estaba terminando de beber su desayuno, escucho golpes que impactaban en la parte trasera de la puerta, al hacerlo, con la

inocencia que le caracterizaba, decidió acercarse a ella y abrirla.

Una vez haberlo hecho, se quedo atónita ante la presencia de la mujer que una vez cruzo su mirad con la de ella. La persona que Coraline tenía enfrente de ella, le

pregunto hueca y fríamente.

-¿Te acuerdas de mí?-

Un corto silencio se unió al momento…

-Sí, usted es la madre de Fausto-

El rostro de la mujer que decía ser la madre del hombre que en el pasado Caroline amo, expresaba una tristeza que invadía todo el lugar.

 

-Mi hijo me hablo mucho de ti-

 

Su voz cortaba el aire.

 

-No soportare que no muestres ningún respeto por él-

-Le aclaró-

Las arrugas de su cara expresaban rabia.

-No dejare que lo olvides tan fácilmente-

Al terminar de dejarle clara sus intenciones, la madre de Fausto se gira sobre sí misma dándole la espalda a Coraline y se marcha de la casa de ella. La última frase

que escucho, le ralentizo el corazón, por ello, se dio media vuelta y se introdujo en ella.

Los sueños que se había propuesto cumplir junto a ese hombre, se cubrió de oscuridad pero pese a ello, si había algo que la pudiese sacar al menos una arruga que

indicase sonrisa era la fuente con forma de cascada que poseía en el patio exterior situado al fondo de su casa. Solo ella sabía el poder que tenía sobre ella el agua

que caía hasta llegar al fondo de la fuente, con tímida suavidad se asentó en un extremo de su estructura para más tarde alargar su brazo más cercano hasta tocar

el agua lo que provoco que fuese golpeada por los litros en movimiento del agua.

El salpicar del agua impacto en sus  causándole el movimiento espasmódico de ellos, por ello se levanto del sitio y regreso a su habitación.

Las sombras de la luna cubrió todas las Inmediaciones cercanas a su hogar.

Estando dentro, en silencio se dirigió a la primera planta, una vez allí, se encamino hacia su habitación y se preparo para tumbarse en su cama. El único refugio que

encontraba era el de la almohada, compañera en las buenas y en las malas.

Toda ilusión había muerto con aquel hombre.

El hecho de haberlo pasado mal, le había abierto aun mas, una herida que creía haberla cerrado al haber conocer a su nuevo amor.

Las horas se antojaban interminables. Coraline no conseguía dormir, los sonidos provenientes de las calles causaban en ella jaquecas casi insoportables, al no

poder cumplir con su cometido Coraline tomo la decisión de salir de su casa para caminar y así intentar dejar de oírlos.

Kilometro a kilometro, caminaba sin detenerse, lejos de dejar de oírlos, los sonidos aumentaban de volumen, no entendía el porqué hasta que llegando a la zona

de primeros auxilios, se dio cuenta de que lo que le provocaba las jaquecas no era lo que esperaba, sino los lamentos, gritos y lágrimas de dolor que hacían los

pacientes del hospital del pueblo. No espiraba sonido alguno, de la tristeza que le causaba aquel lugar.

Tímidamente va introduciéndose en aquel hospital, con cada paso, un lamento llegaba a sus oídos. Su cuerpo no dejaba de temblar porque lo que veía le recordaba

aquel fatídico momento vivido tiempo atrás.

Suaves ráfagas de aire helado tocaban las telas que formaban las tiendas de campaña que estaban siendo utilizadas como refugio para los heridos.

-Todo lo que se da no ese terno ¿Por qué?- Se decía al ver tal escena.

Pasadas varias horas, dio media vuelta y volvió a andar pero en dirección opuesta para regresar a su casa. Sus palabras no dejaban de cobrar cada vez más fuerza a

medida que pasaba el tiempo allí dentro.

No hallaba explicación alguna, cada momento en el que pasaba con vida, era como si durmiese en colchones de fuego, una vida insoportable que parecía no tener

fin. El único ser al que ella creía culpable de su dolor, era su corazón, no lograba entender el porqué.

-¿Cómo aplacar ese dolor?-Deseaba saber ella.

Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, los meses en años.

-¿Cómo aplacar ese dolor?-Deseaba saber ella.

 

Era una pregunta que no sabría cómo responder ni si alguna vez podría hacerlo.

Cada tarde paseaba por las solitarias calles Iluminadas solo con candelabros que hablaban al son de su balancear. Imágenes de sueños rotos, voces de individuos

que paseaban felices unidas en un solo ser, la atormentaban impidiéndole dormitar.

Al no poder conciliar el sueño, huyó del ambiente negativo en el que se convirtió su casa. El tacto de pequeñas gotas de lluvia que despedían los aspersores  de los

hogares colindantes, simulaban los truenos y relámpagos que luego harían llegar una tormenta duradera y fría.

No sentía ni oía nada, su cuerpo carecía de sentido. Nada en absoluto su rostro era inexpresivo, inerte, totalmente sin vida.

-¿Qué podía hacer para mejorar su estado?-

No encontraba solución posible, la densa oscuridad de su corazón no le permitía encontrar la puerta hacia la luz, ser vivo al que ella intentaba acercarse, ser vivo

que se alejaba de ella. Su andar se veía acompañado de una soledad que carecía de reparación, sus pasos eran atraídos por lo que ella ansiaba creer que eran la voz

de aquel hombre al que una vez amo llamándola, en cada metro que acortaba, su corazón latía  al ritmo de una felicidad que nunca creyó que podía recuperar

alguna vez, antes de que su corazón produjese su ultimo latido de vida.

Aquel sonido se hacía cada vez más sonoro a medida en que ella se acercaba a su conclusión, los últimos metros se acercaban, sus ojos se dieron cuenta de que lo

que sus oídos captaban, era el del sonido de los bamboleos que reproducían el movimiento de las hojas de los árboles, al instante la esperanza se convirtió en un

espejismo.

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