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Capítulo V

Sobresalto

Algo despertó a Aarón, oyó voces, gritos y llantos provenientes de la calle. Al asomarse por su ventana pudo ver que eran sus residentes y los
agentes de la ley que se hallaban armando un fuerte bullicio, decidió salir para ver con exactitud lo que estaba ocurriendo, gritos de

desolación y preguntas para la policía ensordecieron sus oídos.

El motivo de toda esa escena era la muerte de un hombre.

El cuerpo correspondía a Marcos, empleado del empresario de vinos españoles Alexander. El difunto presentaba marcas de quemaduras graves,

oscuras y grandes por todo su cuerpo.

Todos se aglomeraron alrededor del cadáver y se acoquinaron al creer que otra enfermedad mortal había llegado a su pueblo.

Al anochecer fue encontrado otro cuerpo con el mismo estado que tenía el fallecido hallado anteriormente, en esa ocasión era el de la señora

de la Rosa.

Habiendo resuelto las preguntas, Aarón entró a su casa y entró a su habitación para empezar la limpieza de su casa. Al anochecer fue

encontrado otro cuerpo con el mismo estado que tenia el fallecido hallado anteriormente, en esa ocasión era el de la señora de la Rosa.

Al verla, Aarón recordó la escena que había presenciado, en ese instante comenzó a sentir una zozobra que le había dejado todo el cuerpo

paralizado porque sabía lo que había pasado en los días anteriores a su muerte pero se lo oculto a la policía, porque -“¿Quién iba a creer a un

pobre niño vagabundo viviendo solo?´´-

Pensó.

Aún haberse puesto el sol, la gente no paraba de hablar y de especular sobre los inesperados acontecimientos que habían acontecido. Por el

temor, el mal olor y la temible posibilidad de que estuviesen viviendo otra vez el mal sufrido hace muchos años atrás, todos se encerraron

en sus casas intentado con mantener el menor contacto entre ellos.

A los pocos minutos de que todas las personas abandonasen el escenario del crimen, por los aledaños, el tintineo de una campana cuyo

sonido aumentaba causando la sensación de proximidad. La llegada del carretillero junto a su carreta se hizo presente en el espacio que

ocupaban los cadáveres, era de madera, con arañazos y marcas por todas partes que causaban sus crujidos, eran tales los daños que no solo

crujía, sino que las ruedas al rodar por las calles empedradas desprendían trozos de madera, el lamentable estado de la carreta hizo que se

crearán numerosas hendiduras, estando ya junto a ellos, el hedor de ambos lo impregno en su totalidad provocándole ademanes de arcadas.

El tiempo pasaba y con ello, la llegada de la oscuridad saludaba a cada hogar.

Aunque ya no quedaba nadie por las inmediaciones, Aarón se quedo observando los cuerpos sin decir nada, pues solo se limitaba a respirar

con cierto grado de lastima por lo sucedido, tras varios minutos el barrendero llegó, recogió los cuerpos y se marcho del lugar ante la mirada

del joven. La ruta de la carreta consistía en pasar varias veces al lado de cada puerta, estando atento y alerta a cualquier posible cambio que

se pudiese producir en cualquier momento.

Mientras lo hacía, para que no le resultase muy agotador, después de que se hubiese pasado por cada rincón habitual, decidió aumentar varios

metros de distancia desde donde él se encontraba.

El paisaje no cambiaba, con cada paso dado, el barrendero se sentía observado por las alimañas mas silenciosas que rodeaban al pueblo,

aunque lo sabía, intentaba que no le afectara en el transcurso de su trabajo, a medida que caminaba arrastrando la carreta que utilizaba para

transportar los finados, las calles se quedaban con el oscuro secreto de las repentinas muertes de dos de los habitantes del pueblo junto al

permanente hedor vomitivo y rancio que habían dejado sus cadáveres. Sus rutas pasaron de ser concurridas a ser devoradas por el terror y la

soledad.

Con el paso de las horas, la pestilencia de los difuntos tendidos en las calles se hacía cada vez más fuerte y se extendían por todas partes

debido a que el viento arrastraba consigo las partículas de los gases que soltaban los occios en descomposición. Horas más tarde, tras haber

recorrido varios kilómetros, el hombre llego a un terreno desnivelado, descuidado y poco agradable de ver.

Al pasar al lado de un mausoleo con apariencia de que se iba a derrumbar con solo ejercer mínima presión sobre sus cimientos, al estar

cansado por el trayecto, el carretillero decidió lanzarlos sin miramientos dentro de la estructura. Después de hacerlo, regresó al interior del

pueblo para comunicarle al alcalde lo que había hecho con los fallecidos.

En la casa del alcalde……

Aarón seguía su camino lentamente pensando en lo que estaba cambiando su vida, sin pretenderlo, su día a día paso de ser un cumulo de

sucesos repetitivos a convertirse en una cuestión de salvarse de una muerte con cada vez más probabilidad de que suceda. Poco a poco su

andar le llevo a estar cerca de la casa del alcalde.

sonoros ruidos impactaron en la vieja madera de la puerta.

-Hola, buenas noches señor Denin- Le dijo a modo de recibimiento.

-Hola, buenas noches señor alcalde, perdone que le moleste a estas horas pero he creído necesario ponerle al corriente de lo

que he hecho con los fallecidos que se han encontrado en el centro del pueblo-

-¿Qué ha pasado?¿Que ha hecho?-

-Los he tirado en el viejo mausoleo, alejado de la vista de todas las personas-

¿-Le ha visto alguien?-

-No-

La respuesta que le había dado al alcalde, no le convenció demasiado porque veía en él gestos impropios de alguien con su profesión.

¿Está bien?-Le pregunto al barrendero.

-Sí, la peste que expulsaban los muertos, me producen ganas de vomitar-

-Entonces vete ya-

Al haber presenciado la escena, el joven se quedo sorprendido porque al igual que todos sus vecinos, él creía que todas las personas que

morían en algún momento, iban directamente al cementerio del pueblo, a pesar de eso, no hizo nada para saber el motivo de aquello.

El inicio de la tormenta marco un momento de cierta calma para quienes recordaban los momentos vividos junto a aquellos que no volverán a

ver.

por el hecho de creer que al no tener las mismas carencias higiénicas que en tiempos pasados, podrían vivir mejor y poder tener una

muerte digna y natural.

La solución a los recientes problemas parecía ser eficaz, la gestión del alcalde seguía siendo impecable, las intenciones ante sus súbditos

tenían resultados positivos, los ecos del viento, de la basura rozándose y el siseo del movimiento de las arboledas, reinaban la calma de

ese momento. No se veía a ninguna persona interrumpir el ambiente hasta que un bullicio rítmico comenzó a turbar el silencio.

La nocturnidad segundo a segundo se vio iluminada por el brillo de antorchas improvisadas portadas por lo que parecía una agrupación que se

aproximaban con gesto corporal agresivo y no parecían estar dispuestos a dialogar de forma apropiada.

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