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Capitulo

IV

En la mansión del matrimonio…

En el primer día de la cuarta semana desde que la nueva pareja del pueblo se uniese, ya esperaban a su primer bebe.

Alexander se incorporó de la cama de su habitación con dificultad por el efecto de la ensoñación, después de bajar el último escalón para ir al

salón, se dirigió a la mesa  para alimentarse. Ya sentado en la silla situada junto a la mesa, él se pasó varios minutos esperando a que su

sirvienta Charlote le llevase el desayuno, él se impacientaba pero decidió aumentar la espera para así poder compartir el momento con su

mujer cuando se despierte.

Su sirvienta seguía sin llevarles el desayurno.

Davina recién levantada baja con sutileza las escaleras que la llevan al final del salón donde se encuentra su marido.

- Buenos diás amor mío, llwvo casi una hora esperando a tener mi desayuno-

Davina se había olvidado de que su recién estrenado marido, estaba acostumbrado a un nivel muy por encima del de ella.

- No te preocupes, ya te hago yo el desayuno, el servicio estará dormido, a siertas edades, los grandes esfuerzos, causan muchos dolores, tu

empleada ya no es joven-

Cuando ambos comenzaron a comer, solo se oía el crujir de las tostadas al ser cortadas con los dientes de ambos.

Al terminar, Alexander regreso a su habitación para alistarse y prepararse para ir a su empresa a trabajar, mientras lo hacia, Davina hizo lo

propio, pero al contrario que él, ella se pasó el día ordenando su casa. La vida de ella había cambiado sin darse, aunque había conseguido

enamorarse y poder pasar su vida junto a un hombre, no podía imaginarse lo que iba a suponer aquel cambio.

A la vez que se ocupaba de mantener cada sitio adecuadamente ordenado, empezó a cantar la única melodía que había oído a lo largo de toda

su vida, lo que, sin pretenderlo, le llevo a una consecución de imágenes. Mientras lo recordaba sintió un fuerte escalofrío causándole temblores

en su cuerpo y la salida de la ensoñación.

-¿Que hora serían?- Se preguntó.

Tiempo más tarde...

El sol descendió del cielo hasta quedarse a mitad de distancia del horizonte.

Su marido acababa de llegar a su casa, olía a burdel y a licor, últimamente se pasaba las noches emborrachándose, y ya no compartían el lecho

matrimonial, pero ella intentaba quitarle importancia creyendo que su estado se debía a que solo encontraba el desahogo de frustración y

cansancio producido por el trabajo, bebiendo y que a pesar de que olía a mujer, creía que se debía a los perfumes que utilizaban sus empleadas.

-¿Que era lo que le pasaba a su marido?- Era lo que se había estado preguntando desde aquel cambió con ella.

Borracho, su marido no hizo caso a su mujer, solo la observaba con indiferencia y rechazo, se balanceaba, hablaba pronunciando cosas sin

sentido aparente, debido a su lamentable estado, en lugar de intentar ayudarle con el mal estado, ella se fue a recostar en su habitación dejando

que él hiciese lo que quisiese, mientras él ocupaba uno de los cuartos de los invitados con el que contaba su hogar. A la señora de la Rosa, el

embarazo le cansaba demasiado, pero a pesar de ello, no podía dormir teniendo como consecuencia el hecho de pasarse las noches en vela y con

preocupaciones sobre cómo afectaría su estado, al estado del bebe.

 

La noche transcurria y ella no dormía, en la nocturnidad decidió tomarse una infusión de té para provocarse el sueño, aunque ella sabía que

esa infusión podría causarle daños a su primogénito, mientras que disolvía los azucarillos, mantenía su cabeza en dirección hacia abajo para

que el gesto de su rostro no se reflejase. Con minima fuerza, Davina soltó la cucharilla que estaba utilizando porque empezó a sentir sueño

logrando dormir hasta el día siguiente.

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