
Capítulo II
Vuelta atrás
Miraba apenada por la ventana, esperando la llegada de su marido, el cual últimamente se pasaba el tiempo fuera de casa, y que volvía cuando ella ya estaba en el lecho. Su silencio era inexpresivo, sin embargo lo decía todo, teniendo lo que siempre había deseado se sentía vacía. La situación en la que se encontraba
provocaba que sus recuerdos pasados mas dolorosos volviesen a su mente una y otra vez pero en algún lugar de su alma rota una diminuta luz latia en medio de tanta oscuridad por ello intentaba cada día seguir luchando con el propósito de hacerla crecer.
Durante semanas no dormía esperando a que aunque sea de noche, Alexander le hiciese compañía, pero la única que tenia era la de las pocas lagrimas que sus ojos expulsaban por la triste realidad que actualmente estaba viviendo.
Ella entendía que la vida de un burgués con tanto renombre exigía mucho esfuerzo, pero ella estaba embarazada y quería un poco de atención de su marido. Y así,
contemplando el cielo, su mente empezó a recordar cómo eran los dos en su juventud, cómo fue el momento en el que se conocieron, y cómo había cambiado su
vida desde entonces.
Momento en el que se conocieron y como había cambiado su vida desde entonces.
Empezó en el momento en que de niña iba a la floristería familiar a ayudar a su madre, cómo la miraba con admiración al verla ejercer su oficio con tanto amor y
dedicación, Davina siempre soñaba con siendo adulta, hacerse cargo de la floristería honrando la forma de trabajo con el que lo desempeñaba ella.
Cuando no ayudaba a su madre, pasaba su tiempo con su mejor amigo.
De repente la imagen cambió y se vio sola, desesperada y muy desconsolada, cuando tenia veinte años, su madre falleció debido a una gran pandemia que
asoló a todo el país y que ella tuvo la mala fortuna de vivir en sus carnes. La gente llamaba a la enfermedad peste, una vez avanzado su estado, los médicos se
cercioraron que ya no se podía hacer nada.
Se mandaba a los enfermos a una especie de fosa alejados del resto de la población y ahí morían solos (en cuanto a familia) y con gran agonía. Como había soñado desde niña, tuvo que hacerse cargo del negocio, que se había visto decaído por el descuido que sufrió al estar la madre enferma, y ella no
disponía del tiempo necesario para atender el negocio como correspondía.
Entonces, pocos días o quizás semanas desde la muerte de la madre, cuando aún seguía en duelo, un señor de gran elegancia y de una elocuencia exquisita,
iluminó con su aparición su vida. El señor era un joven burgués, hijo único de una importante familia que contaba con grandes tierras y varios viñedos.
Alexander pasó por la floristería pues se dirigía a un funeral de un familiar y no disponía de flores que presentar frente al féretro del difunto padre de la Rosa,
recordando la deslumbrante sonrisa de su madre al recibir a los clientes e hizo acopio de toda su buena fe y sonrió al recién llegado con la sonrisa más bonita y
cándida que pudo sacar en ese momento. El chico, de edad poco mayor que ella, le pidió que le ofreciera las flores más bonitas que pudiera tener en la tienda, a
lo que ella se dirigió al lugar donde se encontraban las dalias y le preguntó al chico cuántas quería, él le dijo que le diera un ramo entero.
La joven encargada le entregó el ramo bien preparado como solía hacer la madre y le despidió también con una amplia sonrisa. Alexander se marchó de la
floristería con una sensación muy agradable que ni él mismo entendía, ya que a pesar de estar apenado por la muerte de su familiar, en su rostro se dibujaba
una sonrisa de felicidad.
Por ello decidió que aquella jovencita que le había producido esa sensación tan agradable, tenía que ser suya; y así pasó a cortejarla diariamente. A partir de ese
momento, el joven Alexander pasaba por la floristería regularmente, llevándose uno o dos ejemplares de cada existencia que había en la tienda.
Y así transcurrieron tres meses de cortejo indirecto hasta que un día esperando a que ella cerrase la tienda, le propuso acompañarla hasta su hogar y de ese
modo, aprovechar el camino para charlar… y así lo hizo. De camino a la casa, Davina le comentó que se había quedado sola, pues siendo niña, su padre
murió y hacía poco su madre también, una de las cosas que le comentó fue que lo que amaba era poder cuidar del negocio que había heredado de su madre, pero
que al estar tanto tiempo ahí no podía dejar de verla en todas partes, pues ese lugar estaba lleno de su esencia.
A Alexander le conmovió mucho la historia de la joven, y el amor que había empezado a experimentar por ella, creció considerablemente. Le gustaba la dedicación
y la adoración con la que aquella muchacha hablaba de su madre.
Pero no solo eso, también le gustaba su entereza, ya que tras escuchar la suerte con la que había contado, le sorprendía gratamente la fuerza de voluntad con la
que contaba y su gran espíritu. Ambos con el decoro que les caracterizaba a cada uno, entablaron una buena amistad que poco a poco fue
dando paso a un noviazgo, ningún de sus vecinos se esperaban aquella unión por la procedencia de ambos. Desde el primer día en el que se conocieron, solo
necesitaban intercambiar miradas para saber lo que pensaban el uno del otro.
Fueron muchas las personas que no veían con buenos ojos aquella pareja pero los que más se negaban a aceptarlo, eran los altos cargos que vivían en el barrio
acomodado, porque no aceptarían bajo ninguna circunstancia que alguien de su posición este al lado de lo que ellos consideraban ratas sin derecho
alguno de estar al lado de ellos. A pesar de las piedras que se encontraban, consiguieron que lo que había empezado como una amistad profunda, paso a paso se
iba convirtiendo en una hermosa relación de amor.
Se veían sin preverlo con anterioridad, la vida delo que había sido el objetivo principal de ella. La imagen cambió nuevamente; ahora estaba visualizando el día de
la boda, el que era para ella el segundo mejor día de su vida.
El primero fue cuando Alexander se le declaró.
Pasaron muchos meses haciendo la respectiva mudanza de las posesiones de la futura esposa del señor de la Rosa, al hogar de él. Eligieron minuciosamente los
días concretos que iban a utilizar para comunicarles la feliz noticia a cada persona que formaba parte de sus vidas, el día que se iba a celebrar la boda, eligieron el
lugar donde se iba a hacer y el lugar del banquete.
Los meses restantes los aprovecharon para seguir conociéndose mutuamente e individualmente en el hecho y situación de que iban a pasar todo el resto de sus
vidas juntos y haciéndose a la idea de que el yo y el tú ya no iba a existir, sino que se iba a convertir en un NOSOTROS.
Uno tras otro, todos se iban enterando de dicho evento, cada rincón de cada calle, cada rincón de la vida de todos los habitantes del pueblo se fue llenando de
desbordante alegría. La vida en común que estaban a punto de emprender, iba a suponer grandes cambios tanto a nivel económico como a nivel de convivencia
social.
La situación del pueblo, progresaba adecuadamente, el porcentaje población aumentaba notablemente, a medida que los meses pasaban, los preparativos para el
gran día se acercaba, los nervios se hacían notorios pero los contrayentes interiorizaban centrándose en organizar cada detalle tanto del evento como de los de
presentes de cada invitado e invitada asistente a la boda. Todas las personas implicadas en cada actividad a realizar para que todo tenga un resultado positivo.
Un día para el gran momento…
Todo estaba preparado, ambos contrayentes estaban listos para unirse mutuamente durante todos los años de sus vidas, los dos aunque los nervios inundaban
sus cuerpos, no tenían ninguna duda del paso que estaban a punto de dar, desde las ventanas de cada uno de ellos, comenzaba a sonar las campanas
anunciándola proximidad del momento esperado por muchos. Durante todo ese día miles de personas (conocidas, cercanas y lejanas) les visitaban sin dejar casi
respirar a la futura pareja, las entradas y salidas se alargo hasta el anochecer.