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Capítulo I

Testigo

A comienzos del siglo XVII la pandemia de la peste negra había desaparecido dejando atrás a los fallecidos, abriendo paso a una vida normal entre los

franceses o eso parecía).

En los buenos tiempos un pueblo llamado Carenac fue considerado uno de los mas bellos de Francia por las atípicas arquitecturas de sus edificios y la

simpatía y amabilidad de su habitantes. Por desagracia, después de la desaparición de la pandemia lo único que consiguió perdurar de esos tiempos fue la

cantidad de sus vinos producida por la viña de Alexander de la Rosa.

Alexander de la rosa era un afamado burgués con buen ojo para los negocios, casado con Davina Freshton, una mujer que desprendía elegancia por cada

poro de su piel a pesar de no haber nacido en la alta cuna, tenia el cabello rubio, los ojos verdes y una mirada profunda, además de una carismática sonrisa

que alumbraba a cualquiera que la viese.

Un lunes como tantos, el sol surgió como cada mañana detrás de las montañas iluminando la casa de Gael, un chico de 12 años, pequeño, muy delgado,

humilde, su tez era muy morena, los ojos marrones acompañados de gran expresividad a quien consideraban huérfano en el pueblo ya que sus padres

trabajaban y habitaban en un castillo cercano, trayéndole de vez en cuando víveres. Vivía en un casa humilde, baja y descolorida dejando ver su vetusto

armazón y su techo ennegrecido que impedía así la penetración de la luz.

Todas las mañanas acostumbraba a salir a la calle para buscar las habladurías de pueblo y así poder distraerse y también poder olvidar la suerte con la que

contaba, aparte de buscar la manera de sobrevivir, ya que con lo que le daban sus padres apenas podía alimentarse.

Se vio caminando por los suelos agrietados del pueblo, tropezando con sus vecinos; los conocidos y desconocidos, aquellos con los que convivía en la

vecindad y con los que aunque no compartiera, solía verlos por esas calles.

Contemplaba niños, hombres, mujeres de diferentes clases sociales y edades, que como él, andaban ignorándose mutuamente, ocultando sus pensamientos

más oscuros, sus secretos... Cada uno con actitud diferente, con una sonrisa hipócrita en unos casos o quizás cordial en otras.

-´´¿Sabrán la clase de personas que tienen como vecinos?´´-Se preguntaba-

Anduvo sin rumbo medio día, como se esperaba, otro día estaba a punto de terminar y seguía sin tener éxito en su búsqueda. Pero, ¿Qué buscaba? no lo

sabía, y siempre se decía que cuando lo tuviera delante, sabría qué era.

Tenía un lugar fuera del pueblo que le encantaba, pues era un sitio donde podía reflexionar en calma y estaba alejado del bullicio. Sin darse cuenta caminó

hacia el bosque y llegó a la zona que tanto le gustaba.

Allí había una casa en ruinas adentrada en un montículo como una pequeña hondonada, al cual los árboles rodeaban protegiendo el centro, que era una

explanada con hierbas y flores preciosas de todos los colores.

Como cada tarde, se tumbó en las césped, cerró los ojos y escuchando el canto de los ruiseñores entró en un estado de sueño. Al despertar, las estrellas ya

habían bañado el cielo a la luz de la luna.

Al despertar, en una perfecta sintonía Gael se quedó anonadado con el brillo que desprendían; se levantó, sacudió sus ropas y se preparó para volver a

casa.

El camino de vuelta se había tornado como siempre, salvo por los burgueses que se encontraban por la travesía. A esas horas de la noche, salían o se

dirigían a los burdeles que se encontraban a ese lado del pueblo.

Se sorprendió al ver a tantos adultos de clase alta borrachos, como solían estar más a menudo los hombres con los que compartía vecindad. De entre los

burgueses que vio, le pareció ver al señor Alexander de la Rosa, al cual el pueblo le debía el gran renombre que había alcanzado, gracias a la exportación

del vino que producía.

Se preguntó qué haría un señor importante en esos lares. Pero no le dio más vueltas y siguió camino a su casa. Cuando llegó, se encontró con un saco de

víveres que le habían dejado sus padres, junto a una nota que decía:

´´aprovéchalos bien, pues no sabemos cuándo vamos a poder bajar nuevamente a aprovisionarte.

´´Te queremos´´.

Abrió el saco, colocó las provisiones y se dirigió a su cuarto, una vez ahí, se tumbó en el camastro y contemplando el cielo que reflejaba el ojo de buey a la

vez que se sumergía en sus pensamientos hasta que el sueño se adueñó de él y volvió a quedarse dormido. En ese momento, al otro lado de la ciudad, en la

zona en la que residían los burgueses, se encontraba, contemplando el cielo estrellado, la señora Davina Freshton.

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